LAS VUELTAS DE LA VIDA

By
Updated: julio 3, 2016

Pocas cosas definen mejor a un barrio que su Plaza principal. Cada distrito, ciudad o pueblo que se precie de tal, tiene en su plaza, la Plaza, una especie de resumen de lo que puede ofrecerle a sus habitantes y a los ocasionales visitantes. Y esta plaza, la Plaza de este pueblo, no era la excepción.

En las calles que la rodeaban, sirviendo de perímetro (una llevaba como nombre la fecha en que el Pueblo fue bautizado, y su intersección se denominaba con el apellido del primer Intendente, allá por comienzos de la centuria pasada), se alojaban, estratégicamente equidistantes en simetría con las tiendas, mercados y confiterías de moda, muchos de los edificios más importantes y mejor cuidados, orgullo de sus vecinos: la Iglesia, íntegramente pintada de blanco, donde se habían casado la enorme mayoría de los pueblerinos, y a la que, cada año, los integrantes de Atlético, el Club de la zona, juraban volver si Ascendían al Campeonato Regional; la Comisaría, que estaba ubicada a 50 metros de la Municipalidad, el reducto donde era posible buscar solución a todos los problemas de todos los habitantes (que parecían bastantes, pero que se conocían entre sí, como si fueran parientes de una gran familia) y la Escuela principal, la Escuela 1, a la que asistían, orgullosos, los hijos de los comerciantes y profesionales más reputados del lugar.

Pero lo más significativo de la Plaza no estaba en los negocios y edificios que bordeaban la hectárea de (poco) pasto, sino en su interior. Pegado a la fuente (que no funcionaba desde hacía años), y más allá del tobogán y las hamacas, podía apreciarse la Calesita de la Plaza.

Emblema de la diversión infantil, estaba instalada en el corazón mismo del terreno, que estaba instalado en el corazón del Pueblo, y habían pasado (y jugado, y disfrutado) por ella, cada uno de los lugareños, y sus padres, y creo, hasta sus abuelos. Porque la Calesita tenía casi tantos años (si no más) que el Pueblo en sí…

Quien la manejaba, a quien todos conocían como El Lobo, era un Viejo entrañable, que luego de heredar de su padre ese monumento al placer, conoció mejor que nadie los secretos para alegrar a grandes y chicos, y los puso en práctica cada día de su vida.

La Calesita, punto de encuentro entre los residentes, era no solo el premio para los niños que recibían grandes notas en la Escuela 1, sino el incentivo para que las logren. Y el Viejo Lobo, con toda la psicología aprendida en años de Plaza, trataba a cada uno de los pibes, como al ser único e irrepetible que, cada uno de ellos eran…

Sabio, generoso, entrador, el Lobo hacía sentir que cada uno de sus pequeños clientes tenía un tercer abuelo, a la vez que adulaba a las madres y regalaba su amistad (en forma de charlas interminables de fútbol y carreras) a sus padres. Capaz de vender garrapiñadas, pochoclos y manzanitas, mientras seleccionaba qué tema de qué disco poner en cada ocasión, guardaba el Viejo Lobo su secreto más preciado: el uso de la Sortija.

Quienes creían que el Lobo estaba lento y que ya no tenía el ritmo de sus años mozos, chocaban con la realidad de ver, en el rostro desencajadamente feliz de sus comensales, algo más importante que el vértigo (que no tenían por qué pedirle a alguien de su edad).

Pero una noche, que parecía igual a todas, y que realmente no lo era, lo inesperado ocurrió. Una tormenta (de esas que en los pueblos no se olvidan por décadas) pudo más que el amor que los residentes tenían por su Calesita. Y el viento, arremolinado, y la lluvia, despiadada, y una serie de rayos, dañinos, atacaron al corazón de la Plaza, que era el corazón de la Diversión del Pueblo, hiriendo casi de muerte al emblema de las sonrisas de los purretes…

Mientras el Lobo (con la ayuda de muchos de los lugareños, a quienes ya consideraba Amigos) juntaba el dinero necesario (que era mucho) para volver a poner de pie a la Calesita, todas las tardes regresaba a la Plaza, con su vieja pelota Pulpo, para brindar alegría a los niños, esta vez en versión futbolera.

No pudiendo desprenderse de su pasión por repartir felicidad, formaba 2, o 3, o más equipos, y organizaba, desde las 3 y media, y hasta que el sol se despidiera hasta el día siguiente, pequeños grandes Campeonatos donde lo fundamental era el juego en equipo, pasársela al compañero, dársela al mejor ubicado, jugar con la cabeza levantada, formar pequeñas grandes sociedades… y disfrutar. Le sacaba la presión del resultado a los pibes, y los arengaba, a cada uno, como si fueran seres únicos e irrepetibles (como realmente eran) y como si fueran sus nietos.

Para los partidos, el Viejo Lobo también llevaba su Sortija, que parecía (y era) una parte más de sí mismo, y premiaba a cada uno de los participantes que se destacaran por su espíritu solidario o por su juego en equipo.

Sin quererlo, el Lobo no solo divertía a los infantes pueblerinos, sino que, también los educaba, inculcándoles valores que, para muchos, equivocadamente, habían pasado de moda…

Con la ayuda de todos, y el esfuerzo denodado del Viejo, la reconstrucción de la Calesita fue un sueño que se pudo convertir en realidad.

Los pibes volvieron a ser felices, sentados sobre caballos, botes y carruajes, o parados y agarrados a los caños, pero siempre girando alrededor del Lobo y su Sortija.

Los padres y las madres, quienes más que clientes eran sus amigos, recuperaron el lugar de contención de sus pequeños, en el corazón de la Plaza, ubicada en el corazón del Pueblo…

Y el Viejo, muy grande de edad, pero más grande de corazón, casi más cerca de su Despedida que de sus comienzos, tuvo, por fin, en el tiempo recuperado de su vida, el reconocimiento que largamente merecía.

Una Ordenanza del Concejo Deliberante local, votada por unanimidad y en tiempo récord por los legisladores del lugar, decidió que la Plaza del Pueblo, desde ese día, se llamara Cristian Raúl Ledesma, el nombre del Viejo Lobo, que más que Calesitero era un vendedor de Ilusiones, una especie de Titiritero de la Alegría, alguien capaz de mover los piolines de la marioneta de la Felicidad…

 

Para más publicaciones de LocoReCuerdo pueden visitar su Blog: unlocorecuerdo.blogspot.com.ar